jueves, 18 de octubre de 2012

SOLO LO PENSE


Domingo 2 de septiembre, 2012
Anoche no dormí. Pase una mala noche por que no dejó de molestarme el dolor de una fascitis plantar que apareció de súbito, no sin razón. Aunque en relidad no me dolía tanto me desvelé atormentado por la posibilidade de una cirugía, de tener que usan muletas, de no poder ir a la reunión familiar en Ixtapan de la Sal la semana que entra; de tener que ser llevado en coche a dar mi ponencia sobre desarrollo visual, en el Diforma. De noche todos los males nos crecen como enredadera y nos agobian mas de lo que son. Nuestros dragones toman el poder de la obscuridad y del silencio, nos atormentan y no nos dejan descanzar.
Todo empezó la mañana del sábado  cuando mi mujer amenazó con ir al cine. No puse objeción y quedamos de vernos afuera del fast food,   a las dos de la tarde. Como siempre, yo llegue a tiempo y ella con retraso. Mientras la esperaba leí los resumenes de la cartelera. La mayoría eran películas para niños o películas de miedo y las posibilidades se redujeron a dos: Amigos, que creí película gringa con frases elaboradas y entusiastas, un mundo sin embrollos y, desde luego, final felíz; y Educando a mamá. Cuando mi mujer hizo su  triunfal arribo se decidió por la segunda película, que resultó ser una película sin tema, con un panorama de vida atróz para una adolescente, hija de madre soltera e inmigrantes en Estados unidos; con el infaltable retoque en fotoshop o lifeshop al mas puro estilo Hollywood y, desde luego, final felíz y moraleja como colofón. Una vez terminada la pelicula y creyendo que el martirio terminaba ahí, mi mujer me arrastró por la plaza entre el trenecito que serpentea a un kilometro por hora, con su campanita feliz y la sonrisa estúpida de un maquinista de cuarta; entre las filas interminables de gentes que esperan turno para sacar dinero del cajero automático para gastarse lo que no tienen en un afan mazoquista de deambular sin sentido por la plaza.
Bueno, la cosa es que, después de no poder mas, llegué a mi casa sintiéndome un espalda mojada en Chiapas: harto, mal comido, con los intestinos inflamados por la colitis, vacío, después de una película que no entendí y con los pies destrozados.
Pero no hay mal que dure cien años y, por fin, pasó la noche y con ella los dolores plantares y el ominoso recuerdo de la tarde anteriór. Abrí un ojo, luego el otro, saqué una mano, luego el brazo y por fin me senté incédulo de saberme vivo, despierto y con la posibilidad de un día soleado en mi casa… Me hice consciente, como cada mañana, del sabór acrílico que tiene la guarda que uso durante las noches para no rechinar los dientes, pero no me importó y me incorporé en silencio para no despertar a nadie y mucho menos sospechas. !No vas a caminar con los perros! ¿verdad? Me soltó sin misericordia desde su mitad de cama, como un ensalmo, como una premonición !Pasaste muy mala noche y no me dejaste dormir! !como que no dormiste! (solo pensé). !Entonces debe haber una pantera bajo la cama! (también, solo lo  pensé). No, no voy a caminar. Solo quiero estar con los perros por que me estan esperando y es la única oportunidad de jugar que tienen en toda la semana. No puedo caminar, sería tonto. !Si, despues de la exursión de ayer no me han quedado ni pies ni ganas! (Eso tambien lo pensé, no sin rencor). Por fin me vestí y salí de lleno a la alegría del día que empieza y a recibir las sonrisas en movimiento de la cola de mis perros.
Efectivamente, y no por la amenaza de mi mujer, no caminé en forma. Solo dí un paseo tranquilo interactuando en forma Prticular con cada uno de los perros.
Mas tarde regué mis cactus, hice algo de ejercicio con las mancuernas y desayuné junto a mis hijos escuchando a Zoe y su canción Nada que, efectivamente, no dice nada, aunque que la música si vale la pena. Para ese momento las sombras de la noche, los dragones, la pantera y las telarañas que me retenían se habían diluido frente a un pedazo de tortilla española y una taza de café…
Después de un baño salí al centro  de la ciudad para conseguir las vacunas de la rabia para mis seis perros y para comprar unas pastillas de artro-flex que necesita Toy, el viejito de la familia, que ya parece mas una bolsa de huseos chuecos que un perro, pero quien, a pesar de la edad, conserva vigente su espiritu de cachorro, pelota en la boca y todo. ( le pasa lo que a mi ).
Recorri las calles del centro sin acordarme del dolor ni del insomnio y regresé a casa con las vacunas, las jeringas, el Artro-flex y seis Pastes(una especie de empanada), como para dejar sanjado con un débil perdón el asunto del centro comercial . Vi un partido de futbol atróz, (no se por que me sigo atormentando con eso del fut y, sobre todo, no se como sigo perdiendo dos horas de mi vida cada fin de semana sin sentido) y, después, cociné un Fetuchini en salsa de hongos y tocino que se secó un poco en lo que mi mujer amasaba y horneaba el pan (eso creí porque se tardó una hora en la calle solo para ir por seis panes) - y eso si se lo dije, no se por que, si sabía que vendría una respuesta: hubieras ido tu a comprarlo… Si lo hubiera ido a comprar yo, hubieramos comido con pan duro esperando la pasta (desde luego…solo lo pensé)-.
Por la tarde terminé mi libro de AÑOS LENTOS en la sala, cerca de mi mujer, quien a su vez estaba atormentada con el final de EL JUEGO DEL ANGEL.
Así se terminó este domingo, que me gustó por que si, por cotidiano y por que la familia estuvo junta, aunque cada quien metido en sus locuras. Me gustó por que resultó una oportunidad de vida, un fin de semaña que parecía, inicialmente, metido en el centro de un huracán de dolores y de vejeces.

ESCRIBIR POR NADA

ESCRIBIR POR NADA…
Anoche, saliendo de mi consultorio, tomé el Jeep y no me dirigí a mi casa, como siempre. Eran las 7:45 y pensé que a esa hora el tráfico aún es muy pesado. Todo el mundo maneja como un autómata en esta ciudad, que podría ser hermosa si los que manejamos fueramos tan solo un poco mas amables, si dejáramos la prisa en la guantera y condujeramos el auto con el afán de disfrutar. Yo creo que si se puede. Entonces llegué a la placita que está frente a galerías, entré al estacionamiento y, aunque estaba lleno, logré un lugar cerca de la librería Gandhi. Tenía la intención de comprar “El juego del ángel”, de Carlos Ruíz Zafón, en el afán de continuar con la tetralogía de este autór, para mi gusto, de una escritura clarísima, descriptiva y muy interesante. Ya en la librería, el aroma a libro nuevo y la música clásica de fondo, te invita a permanecer largos ratos entre los estantes disfrutando los autores, leyendo las contraportadas, imaginado los misterios que se encierran tras cada título y cada comentario. Lo primero que hago siempre es rodear la góndola de las novedades. Al tomar un libro entre las manos se adivina mucho de lo que encierra y te abre un oceano de posibilidades en la imaginación; Un libro cuando lo escoges y lo tomas te puede enganchar, no te deja ir. Hay mucho de sugestión en cada portada y en cada título pero también es una corazonada, una comunicación directa con el interiór del libro, con el autor, con los secretos guardados entre sus páginas. Un libro, cuando te habla, pocas veces se equivoca…
Hay libros para todos, por eso cuando en la contraportada dice: en el año tal, un fulano se encuentra en la ciudad tal, envuelto en los misterios de un crimen que tiene que desenmascarar para salvar al país de tal… lo dejo, sin mas, para buscar otra posibilidad; o cuando leo: Los presidenciables o, hacia las elecciones 2012 etc… nisiquiera me acerco. Me gusta, por sobre todo, la novela histórica y costumbrista, basada en cosas reales, aunque, novelizados.
Encontré el libro de Ruíz Zafón que buscaba pero también me tropecé con un libro de Fernándo Arámbula”, Años lentos” , que habla sobre la historia reciente del país Vasco, un tema que desconozco pero que se me hace, por demás, interesante.
Formado en la fila para pagar, que de tan larga -y esto me da gusto- serpenteaba entre los estantes de los libros de cocina, me encontré con el ultimo ejemplar de un libro de cocina. TAPAS!!, relucía la palabra impregnada de sabores en la portada, entre frascos de aceite de oliva, el pan tostado, los salchichones, las aceitunas, los ajos y los tomates rojos, tan solo por noventa y nueve pesos. Lo revisé y, sin pensarlo, lo coloqué entre los otros dos, como escondiéndolo, a sabiendas de que mi mujer me cuestionaría el haber comprado otro manual de cocina… pero, que no se queje, siempre termina disfrutando mi comida, aunque después me la critica, mas por envidia que por su sabor…

jueves, 12 de julio de 2012

MI HISTORIA DEL MATE

Es temprano todavía, son las 7:09 de esta mañana, que de tan fría y humeda, me congestiona la naríz y no me deja respirar; me aísla del entorno porque me siento como en el interior de una esfera: sin aromas, casi sin ruido y si con un zumbido constante en los oídos… Me consuela saber que con el paso de las horas la congestión nasal irá cediendo y la esfera se ira desvaneciendo como una pompa de jabón brillante y tornasolada.
Por lo pronto preparo un mate y lo empiezo a disfrutar, aún a pesar de su sabor tan amargo, casi metálico. Sin embargo, me gusta y me estimula. Recuerdo que la primera vez que probe el mate, hace ya muchos años, me supo espantoso. Compré el saquito de medio kilo en la Española, que estaba en la calle de Juárez. No tenía idea de como se preparaba ni de que existía un traste especial para prepararlo. Ahora se que se llama mate al casito y yerba mate a la yerba. Bueno, pues llegando a mi casa hice una infusión y recordé que Leo, mi sobrino, me había traído de Argentina un mate de calabaza,  pequeñito, con bombilla y todo. Lo fuí a buscar al estudio, lo lavé y pasé el té por el colador. Al primer y unico sorbo que di,  fue un amargor tan fragoroso y metálico -como si me hubiera echado un un puñado de municiones- el que invadio la superficie de mis papilas gustativas que pensé que algo que sabe tan mal no podía ser bueno. Y hasta ahí llegó el intento con ese mate que se perdió en las profundidades de la alacena y que mi mujer deshechó años mas tarde. Del mate que me regaló mi sobrino, no se donde quedó la bombilla, a la que le achaque, en un principio,  el sabor a munición y polvora. No fué si no hasta mi primer viaje al cono sur que en una tienda de souvenirs de la calle Florida, vi que el dueño y la dependiente tomaban,  alternadamente, del mismo mate. Me quedé observándolos, pregunté y, después de una misteriosa explicación acerca de la mística de compartir el mate como una pipa de la paz, me dieron a probar y me enseñaron, además, la manera de cebarlo. Ya para esas alturas del partido, como no podía negarme a nada me vendieron uno de los mates mas caros que tenían y que aún guardo en mi estudio como constancia del aprendizaje… que se me fue convirtiendo con el tiempo en un verdadero gusto.