lunes, 25 de agosto de 2008

VALLE DE BRAVO


Valle de Bravo, como pueblo, fue fundado a orillas de un valle que se convirtió, por la construcción de una presa, en una laguna artificial. Esta ubicación es lo que le ha dado personalidad: por un lado la laguna, con su ambiente lacustre de pescadores y barcas y un sutil olor a pescado y humedad, y, por otro lado, la montaña que abraza materialmente al pueblo, lo envuelve y hace de él un lugar que podría ser parte de un cuento, un sitio mágico que te aísla de la vida y el estrés de la ciudad.
Al llegar, como una bienvenida, el camino de asfalto se pierde y se convierte en un empedrado. Las casas, todas ellas pintadas de blanco, impecables, con sus techos de viga y teja forman el paisaje rural de la provincia Mexicana. El aroma que habita el ambiente es una mezcla de humedad, de casa vieja, de bosque y brea, confundido a ciertas horas con los olores evocadores de la cocina Mexicana.
Cuando fui niño pasé largos periodos vacacionales en estas tierras, compartiendo mi vida de infante con los peones de la casa a donde llegaba. Aprendí con ellos a cuidar los caballos, a ensillarlos, a darles de comer. Los cepillábamos por la tarde y después nos íbamos a pelo desde la montaña y los llevábamos a pastar a la orilla de la laguna. Juntos siempre, sin horario ni escuela, nos levantábamos los tres amigos (Chencho, el orejón, Juvenal, el pecoso y yo) a las 5 de la mañana para pescar con un hilo de naylon, amarrado a una tablita y en la punta solo un anzuelo. La carnada eran grillos o lombrices que abundaban en el campo. Los fines de semana nos dedicábamos a rentar esos caballos a la gente que venía de la ciudad, yo, convertido para entonces, en uno mas de los cuidadores de caballos, con el pelo largo y despeinado y las manos duras de trabajo.
Así, sin saber en que momento, aprendí a montar a caballo con silla o sin ella, aprendí a pescar, a curarme por mi mismo; aprendí a andar en el bosque sin mas compañía que la de mi caballo y no perderme ni en la peor noche de tormenta, en que simplemente soltaba la rienda al caballo para que me volviera a casa sin rodeos. (pasión que aún ahora me acompaña), pero sobre todo aprendí que estar solo de vez en cuando, en silencio, en el bosque obscuro, es el mejor camino para llegar a uno mismo.

¿En que radica entonces la magia de Valle de Bravo?. Es un lugar que parece que se ha detenido en el tiempo, donde las gentes de los ranchos y las estancias bajan todavía a pié o en caballo a vender sus productos y a comprar su recaudo para la semana; gente que luce ropa sencilla y sombrero, gentes que siguen manteniendo sus costumbres; gente buena y trabajadora; Es mágico también por que el lugar te invita al descanso, no solamente físico, si no al descanso del espíritu; por que te invita a crear, a leer, a escribir o simplemente a ser.
Los dejo con imágenes del pueblo donde pasé muchos ratos de mi infancia.

3 comentarios:

francisca dijo...

hoy te saludo desde mi otro blog y no como "caramelo" como lo hago habitualmente, es que este tan bonito lugar me ha traido el recuerdo de mis lugares; algo tiene que me vuelve a la sierra ecuatoriana...y bueno, algunas cosas tenemos en común entre nuestros países, aun con la distancia.

Saludos,

VUELVO AL SUR.. dijo...

Gracias, Francisca, por responder.
Es un gusto encontrarte aquí, como Francisca o como Caramelo.
Hacía buen rato que no sabía de Usted.
Estaremos también por allá, visitando el borrador.
Saludos

FLACA dijo...

Qué belleza, Roberto. No tepodés imaginar lo que valen estas fotos y lo que significa la descripción que hacés del lugar para alguien como yo,a quien le encanta viajar.Morí con Valle Bravo y también con tus recuerdos de la infancia. Tenés razón,la soledad es un buen camino para llegar a uno mismo. Este blog se está convirtiendo en una maravilla. Un abrazo.